domingo, 29 de julio de 2012

Último domingo de julio

Debido a mi falta de memoria, quizá a causa de mis desfases con el alcohol y mi perdida paulatina de mi escaso talento nato para la escritura he decidido empezar con esta especie de diario de mi vida, de una vida que no es todo lo apasionante que quisiera pero quizás el reflexionar diariamente aquí me ayude a emprender por fin lo que siempre he deseado hacer con ella.

De hoy pocas cosas puedo decir,aunque, más que otros días realmente tediosos. Mi rutina los días de verano es estar en el ordenador durante horas, mirando varias cosas a la vez, con demasiadas ansias por abarcarlo todo pasivamente, retocando fotos, envidiando el talento de otros, viendo la televisión un rato, detestándola, amándola a veces, durmiendo, y saliendo cuando ya oscurece y el calor amaina.

Pero hoy celebramos el cumpleaños de un ser único y no podía ser un día cualquiera. Ese ser único cumplió 17 años y sin embargo ya cojea y se le llena la mirada verde de la niebla de los años. Porque 17 años son muchos para un gato y uno ya nunca sabe cuántos cojeos le quedan en este lado del río. Todo el mundo debería conocerla, sí, no existe mejor maestra para enseñar a una persona lo que es realmente ser un gato y bien lo ha demostrado desde que llegó y derribó todos los prejuicios y miedos que habíamos heredado de un entorno ignorante de la naturaleza de su insigne especie. He conocido pocos seres con tanta fuerza en un cuerpo diminuto y cada vez más deslucido, pero que jamás pasa inadvertido, como si ante quien la conoce inconscientemente reconociera a alguien que ha vivido demasiado...quién sabe cuándo.

Y por eso hoy protagonizamos patética pero alegremente el espectáculo anual de nuestra locura gatuna, esa locura que esa gata nos contagió desde que llegó a casa y se ha convertido en parte de nuestro propio ser. Reímos, los gatos no quisieron entender nada más que los dictados de su paladar o quizá si entendían a medios ese extraño rito humano.

Por la tarde me dediqué al estudio, mi pereza y desgana me han llevado a la terrible situación de tener que estudiar en verano, pero lo acepto con dignidad. Al terminar casi de noche escuché unos gritos desesperados de una mujer amenazando con suicidarse, me sorprendí, a veces sonreía como sonrío estúpidamente cuando me sorprendo por algo, y sentía pena a la vez, ella gritó, "¡no necesito pastillas, necesito amor", y le di la razón en silencio y quise abrazarla y me di cuenta que mis horas de estudio con manuales de 700 páginas no habían servido de nada sin haberme enfrentado nunca a la cruda realidad de una persona realmente jodida por la vida.

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